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El norte y la conservación de su patrimonio.

Cuando estás ante el románico cántabro, nueve siglos de historia, no puedes nada más que intentar conectar a fondo con lo que es y fue en su origen. Pasar los dedos sobre las piedras bien entradas en tiempo, intentar abrazar aunque solo sea tímidamente el poyete que acoge esa plaza. Santa Juliana se levanta impasible a los años, impasible con la misma fortaleza con la que resistió al martirio la Santa que lleva su nombre. Y ahí la encontramos, tal y como los avatares del tiempo la han ido conformando, para que ahora nosotros podamos disfrutar de lo que es y lo que alberga. Por un lateral, el claustro porticado nos da la bienvenida mostrándonos una sucesión de columnas y capiteles historiados, que bien se merecen cada uno de ellos un buen rato de admiración. En su centro, el lugar de descanso de muchos de aquellos frailes que habitaban la Colegiata de Santillana del Mar. El interior de su iglesia es un joyero de solapados estilos; reinando el románico, y conviviendo con el gótico-renacentista. Capillas con sencilla decoración, para dejar el máximo protagonismo a las reliquias que allí se conservan. Sin embargo, el retablo mayor del año 1520, de pinturas sobre tabla, hacía sentarse a cualquiera frente a frente sin poder apartar la vista, asombrando por su calidad artística, y levantando la curiosidad que hiciera descifrar su atrayente iconografía. El silencio, el alma principal.
Bien se sabe que el norte de España está plagado por aquel arte que poco vemos en el sur, es lo que hace de cada sitio un lugar especialmente particular, y lo que nos invita a conocer otros puntos. Todo es distinto, hasta la luz, bella en su momento clave del día. Si algo he tenido presente en mi visita por este patrimonio tan maravilloso, es que siempre se viaja para seguir aprendiendo. Aprender a mirar, viajar atendiendo a lo que te rodea, sabiendo valorar, y no «viajando por viajar» . Convertir la oportunidad en algo buscado y querido, en algo esperado que tardó en llegar. Así y solo así, se aprende a apreciar.

Espero que cojáis con curiosidad la vuelta de  la revista de Arto&Claro, ya estamos de nuevo por  aquí y os invito a  que nos sigáis por nuestra web.  El artículo que os presento este mes es un artículo especial, acompañadme y os enseñaré cada detalle curioso, que se guarda como un tesoro, en estas tierras norteñas. Creedme, el patrimonio del norte está forjado de otra pasta. Los avatares del tiempo no pasan en balde, hicieron mella hasta despojar de su decoración y arquitectura original a muchos de los edificios que os mostraré a continuación. Viajamos ochocientos kilómetros al Norte, viajamos a la Comunidad de Cantabria.

Los días parecen que transcurren más tranquilos, la luz es distinta a la del sur, pero tiene ese matiz aterciopelado que solo se deja ver cuando los rayos del sol inciden entre las nubes, atravesando la humedad salina en suspensión, o como ellos lo llaman, el salitre.
Y es ésta la que trae tantos problemas. Los factores de deterioro que podemos ver en nuestros monumentos son originados por múltiples causas. No podemos olvidar el factor antrópico, es decir, el que  origina el hombre, ya sea por olvido o intentando hacer un daño intencionado a la obra, y que hemos comentado ya en artículos anteriores. Pero en distintos lugares hay que contar con otros motivos, otros que sin duda forman parte del contexto donde se encuentran.

La  sal en este caso es algo que  convive  con todo el patrimonio que se sitúa  pegado a la costa. Ésta penetra en la piedra a través  del vapor  de agua en suspensión, creando después una serie de  problemas que daña considerablemente su forma y estructura.

En algunos de  estos edificios, como el que os muestro a continuación, llevan años con obras de restauración. Se trata del Seminario Mayor Pontificio de Comillas de 1881, actualmente rehabilitado para albergar eventos de la Universidad de Comillas. Dado a  su gran envergadura y los avatares del tiempo, ha sufrido distintos cambios que  lo han acomodado a poder tener hoy una función en el día a día. Aun así, los problemas se siguen sucediendo en su estructura, y esto es debido a las inclemencias meteorológicas que en el norte, son implacables. El alto índice de lluvias produce grandes humedades que hacen que muchas de esas paredes se encuentren debilitadas, así como las cubiertas, a las que se le presta principal atención. Las obras de restauración son continuas, estos edificios norteños tienen que estar sometidos sin pausa a labores conservativas.

Si observamos  con detenimiento, se puede ver cómo están recubiertos en su mayor parte de grandes paneles de azulejería. Se llegó a tomar la determinación de que de esta manera se crearía  una capa protectora, aislante, que impediría  que la humedad junto a la sal penetrara en los muros, impidiendo que estos se debilitaran con el tiempo. Es por esta razón, que en el norte haya esta corriente tan alternativa de decorar los exteriores. Aun así las humedades son inevitables, como en todo edificio de más de cincuenta años.

El interior aguarda una maravilla de artesonados y lienzos, colgados de  muros y techos, que han tenido que ser protegidos con capas aislantes, ya que son de gran calidad artística  y material, y se encontraban en peligro de  ser dañados considerablemente.

Todo es un fortín, ese arte  modernista que llegaba con corrientes maravillosas de nuevas percepciones  y sensaciones, no sin contradicciones. A los artistas del modernismo no se lo pusieron nada fácil, imperaba un estilo más clásico, de cánones estipulados, y esas nuevas trazas distaban mucho de lo que se podía considerar algo serio. Pero bien, otros tantos optaban por ellos, y gracias  a  que le hicieron el favor de confiar y contar con estas nuevas formas de ver el mundo, llegamos a ver a nuestro querido Gaudí mano a mano con otros  arquitectos en la construcción de algunos edificios de Cantabria.  Hasta allí llegó este grande, llamado por algunos nobles  que eligieron Cantabria para pasar sus vacaciones.

«EL GRAN GIRASOL»

Nos acercamos ahora  al edificio del Capricho. Como bien dice  su nombre, es  un gran capricho en todas sus aristas. Diseñado de la manera más maravillosa que se podría pasar por la mente, este edificio se mueve al ritmo que marca el sol en un día cualquiera del año. ¿Alguien dudaba que esta casa no iba a tener vida propia?, viniendo de  este gran arquitecto, que todo lo que hacía lo otorgaba  de alma, no se podría dudar. Solo hace falta escuchar y observar bien la posición de  toda la estructura de la casa. Observar la posición, sería lógico, situada para que en un día al completo el sol entrara por un ventanal  del cuarto principal , y saliese por el  ventanal del salón de juegos, donde despedir el día jugando a una buena partida de cartas, que era el mejor de los planes. Pero, ¿qué me decís si os digo que tiene sonido propio? Sí, es alucinante acercarse  a sus grandes ventanales, y observar  cómo sigue funcionando el antiguo sistema de poleas y engranajes que hacían que las ventanas se pudiesen abrir y cerrar, mientras un tintineo perfectamente reconocible de campanas  de iglesia sonaba en su interior, cada vez que se hiciera este gesto.

Escuchar funcionar un sistema tan antiguo, tan perfecto y único, es solo propio de aquel gran genio, que no solo se preocupaba por que el suyo fuera  un estilo propio, sino porque durara. Era un gran amante de  la conservación de sus propias obras. Ante esto no pude nada más que mirar y quedarme asombrada frente a algo, que aunque los avatares del tiempo hayan transcurrido, han sido incapaces de despojar de alma aquello que se dotó de tanta fuerza y personalidad. Ese era GAUDÍ.

Aun así, hemos sido  participes de su deterioro. Frente a la fortaleza de una construcción creada para durar en el tiempo, durante un periodo estuvo sin uso ni función. Los propietarios tuvieron una etapa donde pensar qué hacían con el Capricho, etapa en el que el abandono se apoderó del inmueble, y el expolio hizo lo propio con muchas de las formas originales que caracterizaban el edificio. De  ahí que haga hincapié en que el factor antrópico, hace más daño que  cualquier  otro factor que por naturaleza del propio envejecimiento de los materiales o por las inclemencias meteorológicas, podrían causar sobre el bien.  Muchos de los  azulejos de girasoles  que recubren los paramentos murarios del edificio fueron arrancados, unos rotos y tirados, otros robados para no poder ser recuperados nunca. Quizás vendidos. Una pena que se ha saldado con varias  restauraciones posteriores que  han recuperado su estética y su labor impermeable del azulejo, pero que ha perdido parte de su originalidad. Algo que deberíamos concienciarnos, porque una obra que tenía la función de ser duradera y así lo era, se ha visto irremediablemente dañada por la acción humana, que además es la que “supuestamente” debe conservarla, a la que le ha sido heredada. Está claro que algo está fallando en la sociedad actual, preocupada más por  hacer daño a  aquello que no puede defenderse.

«LA BUENA CONSERVACIÓN DESDE EL ORIGEN»

Frente al expolio, os traigo otro ejemplo del que tenía que hablaros, dado porque este tipo de acciones  son soluciones  que se  han tomado en pos de una conservación. En este caso, el valor sentimental y conservativo se une para dejarnos ver un espacio cargado de paz. Quiero mostraros el cementerio de Comillas. Erigido encima de una colina, una de las tres que conforman el pueblo, tiene la particularidad de estar incorporado en el interior de los restos de una antigua iglesia derruida del siglo XV, cuyo restos podrían haber corrido la mala suerte de desaparecer. La idea de conservación de la cual, fue proteger lo que había y darle un uso, el cual estaría sufragado para que la conservación fuera duradera y plena. Para ello se preparó para acoger el cementerio de la localidad, sin duda uno de  los lugares más curiosos que he visitado. A día de hoy funciona perfectamente, encargándose  los familiares de las personas que allí descansan de mantener la iglesia, sacristía y alrededores del campo santo en perfecto estado. Y así se cumple.

Los valores conservativos  son genialmente tratados. Y por supuesto, todo se restaura en el caso que fuera preciso. Destacar  el gran Ángel Exterminador, o Ángel Guardián, colocado allí en 1895 y realizado por el escultor modernista Josep Llimona. Es la gran pieza artística que guarda  este cementerio.

Para terminar  recordaros a raíz de este  artículo, que es preferible conservar antes que restaurar. Conservar conlleva tratar un bien y vigilarlo, entre todos se  hacen más llevaderas estas labores. Estos ejemplos son tratos progresivos al patrimonio, el buen hacer  de la conservación.

Natividad Poza Poza, Conservadora  y Restauradora de Bienes Culturales.

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