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¿Diga?

Cuando descolgué, nadie contestó al otro lado del teléfono. En la casa reinaba un silencio aterrador, tanto que mi cuerpo se estremecía con cada soplo del aire que entraba por la ventana. Miré la pantalla del móvil y pude ver un extraño número de cifras interminables permanecer en la llamada. Volví a preguntar por la persona que llamaba a las tres de la mañana pero, de nuevo, nadie respondió. Decidí colgar, cabreada e indignada por aquella broma, y tras haberlo hecho me dirigí, sumida en un profundo desvelo, a la cocina para comer algo de chocolate. Era la noche del 31 de octubre, sí, Halloween y como era de esperar, alguna de mis amigas, o incluso mi novio, me habían preparado una broma telefónica. No era culpa mía no querer salir a festejar la Noche de los Muertos, o Halloween, como lo quisieran llamar, pero llevaba varios días sin dormir por culpa del curro y necesitaba descansar horas y horas si quería reincorporarme al trabajo tras el puente con las pilas cargadas. Y no había sido fácil tomar la decisión, mis amigas se habían marcado una fiesta increíble en un antiguo almacén familiar y yo, sin embargo, estaba en casa con la manta y el pijama de invierno, metida en la cama a las doce de la noche. ¡Un viernes! Quién me lo iba a decir…

Cogí más chocolate de la cuenta y caminé hacia la cama con la idea de irme ya a dormir para superar la noche. Una vez en ella, me arropé bien y repasé Instagram por última vez. Cómo no, mis amigas ya habían comenzado la fiesta y… ¡Espera! ¿Eso era un maldito Dj? Mierda, habían contratado un Dj y yo en la cama con mi pijama de monos. Seguí pasando las historias y me topé con la de Carlos, mi novio. Iba disfrazado de, cómo no, personaje del Juego del Calamar. Premio para mi novio por el disfraz más creativo sin lugar a duda. Reí porque en mi cabeza sonó tan irónico como quería y me prometí que la siguiente iba a ser la última historia. De repente, un fondo negro cubrió por completo la pantalla. A ello le acompañaba una música de lo más tenebrosa. Duró alrededor de unos tres segundos porque, justo después, se le sucedieron una serie de imágenes en blanco y negro de seres extraños que invadían las esquinas de las camas de gente corriente. Algunos eran más altos que otros, con rostros indefinidos pero que eran aterradores cuando los mirabas fijamente. Parecían no hacer nada, ser inofensivos, pero ahí estaban, vigilando, entrando en los sueños para, luego, arrebatarlos o quién sabe, quizás hacer algo peor. Esta sucesión de imágenes era interrumpida por otra de un televisor sin señal. Miré el icono de arriba, para saber quién había subido semejante vídeo pero no me apareció nada. Temblé sin esperarlo, soltando el móvil rápidamente, y automáticamente me salí de Instagram para decir adiós a lo que acababa de ver. ¿Por qué la gente daba tan mal rollo? ¿Por qué querían dar miedo de esa forma? Bueno, sí, se me olvidaba que era Halloween. Suspiré, abatida por el sueño que me acababa de entrar. Solté el móvil en la mesita, justo al lado, y me dejé atrapar por una especie de fuerza que me arrastraba hasta una oscuridad que, sin esperarlo, dejé de ver.

Desperté con una presión en el pecho que no me dejaba respirar y el sonido del móvil que parecía retumbar por toda la habitación. Volví a ver oscuridad, como aquella que había estado viendo con los ojos cerrados mientras me dejaba llevar por el sueño, solo que esta la percibía distinta. Esta parecía querer entrar en mí, envolverme hasta hacerme desaparecer. No sé muy bien por qué, pero sentía miedo. Sin embargo, todo parecía normal. Hasta que decidí moverme para quitar el horrible sonido del móvil. Algo estaba yendo mal. No podía girarme, ni alzar el brazo para llegar al teléfono, tampoco pude mover las piernas para intentar erguirme, pero la desesperación llegó cuando intenté gritar ayuda y mis labios no respondieron. Comencé a respirar fuerte y seguido, con esa presión en el pecho que me impedía llenar mis pulmones de aire. Los ojos podía moverlos, de un lado a otro, incluso cerrarlos, así que decidí recorrer toda la habitación con ellos para asegurarme de que nadie me estaba vigilando. Todo bien, o eso parecía, hasta que posé la mirada en una extraña forma que no había visto antes.

Y allí estaba, a los pies de la cama, con esa mirada penetrante calando entre mis músculos petrificados. La presión en el pecho se convirtió en un gélido frío que invadió todo mi cuerpo, llegando hasta la punta de los dedos. Ahora la desesperación era mayor, la necesidad de gritar ayuda se desvanecía en cada intento, en cada mínimo movimiento de cualquiera de los músculos de mi cuerpo que no llegaban a responder. Noté como una lágrima recorrió un camino imaginario desde el párpado inferior al cuello, y a ella le siguieron unas cuantas más. Aquella figura extraña no se movía de allí, y pude ver cómo crecía cuanto mayor era mi temor hasta que pudo tocar el techo e irguió su lomo, colocando su rostro frente al mío. Era una de esas figuras que había visto en la historia de Instagram, pero con un matiz y es que estas sí que tenían un rostro identificable. O al menos algo identificable. Tenía una sonrisa enorme, que iba de un extremo de la cara al otro. Sus ojos eran brillantes, tanto que me cegaron por un momento, pero después conseguí retomar la visión para seguir observando a aquel ser tan terrorífico. El teléfono seguía sonando, aunque después de ver a la figura comenzó a pasar inadvertido. El sonido mutó y dio paso a un silencio que llegaba a ser incluso más siniestro.

Y allí, en el silencio de aquella oscuridad inquebrantable, con una figura monstruosa vigilándome desde la altura del techo, pude escuchar mi voz diciendo “¿Diga?”. Era yo, mi yo de antes preguntando por la persona que había decidido llamarme una noche de Halloween a las doce de la noche para gastarme una broma de mal gusto. Solo que quizás no había sido una persona, sino un ente extraño que quería hacerme pasar una mala noche. O algo peor. El “¿Diga?” se repetía sin cesar, una y otra vez, intercalándose con silencios y el tono de llamada de mi móvil. Mientras tanto, el rostro de sonrisa enorme me miraba perplejo y yo lo observaba aterrada. Seguí intentando escapar de aquellas mordazas que le habían colocado a mi cuerpo, hasta que me percaté de que había algo que sí respondía a mis súplicas. Los dedos de los pies.

Entonces me di cuenta. No era más que una especie de código que me permitía desactivar esta horrible opción en la que me había metido sin darme cuenta. O en la que me habían metido a caso hecho. Cerré los ojos con fuerza, notando la humedad de las pestañas, y comencé a mover con toda la fuerza de la que era capaz los dedos de los pies. Deseé con mucho dolor poder salir de aquella pesadilla y, aunque al principio pareció no funcionar, poco a poco fui sintiendo como mi cuerpo se relajaba. La presión en el pecho se fue disipando y con ella se calmaban los sonidos emitidos por el móvil. Me sorprendió ver que podía mover la mano, y con la mano, la pierna. Mis ojos seguían cerrados, esperando a que mi cuerpo volviera a mí, a ser el que era, respirando profundamente y soltando el aire para, después, ir sintiéndome de nuevo. Cuando pude retorcerme en la cama y volver al silencio de la noche, me aventuré a abrir los ojos despacio, acompañándome de una respiración controlada.

El problema fue que en el último movimiento de párpado, mi pupila se topó con la sonrisa de aquella figura oscura, y mi grito desapareció cuando abrió la boca, dejando ver una infinidad de dientes puntiagudos sobresalir, para consumirme en ella y, de nuevo, dejar de ver la oscuridad que me acompañaba.

Foto de portada: «La pesadilla» de Johann Heinrich Füssli (1781).

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